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2014- Bahira Abdulatif: "Las iraquíes siguen luchando, estudiando, trabajando y superándose con miras a recuperar sus derechos"

En junio de 2003, en el número 8 de la revista Trabajadora, la entrevistada fue Bahira Abdulatif, exiliada iraquí tras la guerra del Golfo, que llegó a Madrid en busca de la libertad de expresión necesaria para continuar escribiendo e investigando. En aquella entrevista criticaba la dictadura de Saddam Hussein, pero también el intervencionismo estadounidense. Le pedimos algo difícil: que nos cuente en pocas palabras cuál es la situación actual en Iraq 11 años después, y en concreto de las iraquíes, tras la ocupación que ha durado 9 años. Gracias, Bahira.


 

UNA DÉCADA ATRÁS, mi país Iraq estaba sufriendo el yugo de la ocupación de los EEUU. Una ocupación que alegaba entre otros motivos la liberación del pueblo iraquí -ante todo la de sus mujeres- de la dictadura de Saddam Hussein. En aquel entonces alguna gente ilusa aún tenía esperanzas en un Iraq democrático a manos de los ocupantes, por lo que optaban por la “resistencia pacífica” mientras que otros decidieron resistir y luchar.

     Así empezó el huracán en un país laico avanzado comparado con su entorno pero bajo una dictadura en la que, sin embargo, las mujeres habían conseguido grandes logros desde mediados del siglo pasado con la Revolución del 14 de julio de 1958, que derrocó a la monarquía e instauró el sistema republicano. Uno de los avances de este último fue el Código de la Familia que favoreció los derechos de las mujeres y que fue derogado, después de la ocupación, por los mismos políticos, agrupados en partidos sectarios, que tendieron la mano al ocupante.

     La administración Bush y su famoso Gobierno de neo-conservadores libraron su “cruzada” en Iraq con su guerra “preventiva”, sin precedentes en la historia contemporánea, destrozando el país y desarticulándolo, dejando unas huellas imborrables, ¿quién podrá olvidar los espantosos episodios de la cárcel de Abu Gureib, cometidos por sus tropas y que son sólo la parte visible del iceberg de barbaridades perpetradas allí?

     La ocupación de 9 años (2003-2012) se colmó -¿verdaderamente se ha colmado?- con la retirada de sus tropas, dejando a Iraq literalmente devastado. Iraq sigue aún hoy atado por los acuerdos del Tratado de Seguridad firmado con EEUU. Como consecuencia, las fuerzas de ocupación después de haber salido por la puerta, recientemente han vuelto a Iraq desde la ventana, a través de una nueva propuesta de liberación, ahora para “combatir el terrorismo del Estado Islámico”, cuya lucha podría extenderse durante varias décadas, según palabras del presidente Obama (¡!)

     Aparte del bombardeo de instalaciones militares estratégicas, de disolver ministerios e instituciones y fuerzas de seguridad (ejército y policía, que dejó el país con una falta de seguridad lamentable), fueron bombardeadas todas las instalaciones vitales, como son los servicios de luz y agua, que siguen sin recuperar su funcionamiento normal. ¿Se puede imaginar la vida en este panorama? Ha sido una marcha atrás en toda regla, y las mujeres se han visto obligadas a encerrarse en sus casas, a dejar masivamente sus trabajos y estudios, a desplazarse y emigrar, sufriendo secuestros, agresiones y violaciones cometidas entonces por soldados americanos y ahora por los componentes de las milicias sectarias, o de grupos radicales infiltrados en el país.

     Lo peor de la ocupación, tras el reguero de sangre, fue la destrucción programada de la memoria nacional, mediante el ataque sistemático a sus símbolos nacionales: el saqueo del Museo Arqueológico Nacional, robando y destrozando decenas de miles de piezas y el gran incendio de la Biblioteca Nacional, quemando sus valiosos libros y manuscritos, en una escena desgarradora singular en la Historia contemporánea que tardará mucho en borrarse de las pupilas y conciencias de la ciudadanía iraquí y de quienes aman la cultura en el mundo. Incendiar las bibliotecas y los museos fue un acto generalizado en todas las ciudades, tampoco se salvaron las de las universidades. Fue una forma de acabar con la memoria, la identidad y la unión nacional del pueblo iraquí.

     Dividir al pueblo es receta vieja de todos los sistemas colonialistas, viejos y nuevos. En este sentido, el gobernador americano Bremer impuso el nefasto principio de cuotas para repartir el poder, para gobernar, ocupar cargo o incluso para trabajar o conseguir una beca. Todo se organiza en función de las cuotas, según las etnias y facciones religiosas, sociales y políticas del Estado.

     Este sistema de cuotas ha desmembrado el tejido social ya que trata a los iraquíes como etnias y comunidades religiosas y no como un solo pueblo.

     Bajo el sistema de cuotas, las mujeres se han visto privadas de sus derechos para acceder a puestos de trabajo o de toma de decisiones, aunque las representantes de los partidos políticos de corte sectario sí han ocupado sus escaños, como mera fachada, para embellecer la fea cara retrograda del sistema. Éstas defienden la política machista pura y dura impuesta por sus partidos, de modo que se han convertido en enemigas de la causa de la libertad de las mujeres.

     Hay que señalar que la constitución actual de 2005 -de una nación como la iraquí de más de 7 mil años de historia- fue redactado en 3 meses bajo tutela de los ocupantes y sin la participación de juristas laicas, lo que mermó categóricamente la situación y el estatus de las mujeres y las dejó desamparadas a merced de partidos seguidores de un islam político sectario, con el consentimiento de los ocupantes americanos. Como era de esperar, los aliados de los americanos en Iraq han sido y siguen siendo las facciones más retrógradas del país: las fuerzas sectarias y las tribales. Estos son los interlocutores de los americanos, que no son precisamente los más amigos o defensores de los derechos de las mujeres.

     Cuando Obama ganó las elecciones optó por retirarse precipitadamente del país dejándolo en manos de un puñado de corruptos, un Gobierno de coalición de partidos de corte sectario que impuso sus visiones retorcidas sobre las mujeres. La mejor prueba de ello fue- entre tantas- el recién intento de imponer una ley yaafarí o chií que permitiría a las familias casar a sus niñas, a partir de los 9 años, con el marido que estimen oportuno, consagrando los matrimonios pactados, cuyas víctimas principales serán las niñas menores de edad y las pobres. El hecho fue denunciado por las asociaciones de mujeres y de derechos humanos, dentro y fuera de Iraq, por ser una forma flagrante de legalizar la pedofilia, bajo el pretexto de revivir ciertas creencias religiosas defendidas por el islam político chií. La ley sigue allí, solo que ahora está aplazada su aprobación en el Parlamento por las circunstancias bélicas actuales y la caída de varias provincias bajo control de rebeldes y fuerzas radicales terroristas.

     La pérdida de derechos de las mujeres iraquíes al amparo de la ocupación americana y de los sucesivos Gobiernos satélites de la misma y de otra fuerza regional (Irán), es un hecho flagrante, todo lo contrario de lo que alegaban los americanos en vísperas de la ocupación. Además del retroceso generalizado de los derechos humanos en Iraq, las mujeres sufren la violencia de todos los grupos beligerantes. Hay que señalar un peligro añadido: el de los grupos radicales sunníes, cuya máxima representación se ha manifestado primero con la aparición de Al-Qaeda y ahora con el Estado Islámico, enfrentado a un islam radical chií, cómplice de los ocupantes y seguidor de Irán, que están acaparando el Gobierno y el escenario político de Iraq desde hace varios años.

     El saldo de la aventura americana en Iraq ha dejado su nefasta herencia materializada en un sistema político sectario con alrededor de 32 milicias que hacen la vida imposible de la población iraquí, en concreto de las mujeres, que han perdido los derechos más elementales, como salir a la calle, trabajar, estudiar, o viajar.

     Como suele pasar en estas circunstancias, las mujeres han sido y siguen siendo -por ser un eslabón débil- objeto de una campaña feroz de intimidación, de violencia y de persecución, aplastando cualquier voz que se atreva a protestar. Desde los primeros días de la ocupación empezó un episodio de terror ejercido contra las mujeres, en especial contra las laicas. Las iraquíes se acuerdan perfectamente de las muchas asesinadas: chicas jóvenes, periodistas, profesoras, ingenieras, médicas o sencillas trabajadoras, en una campaña liderada por las milicias y consentida por los ocupantes americanos, que tanto predicaban la libertad de las iraquíes y su emancipación.

     También las mujeres han sufrido cárcel y muerte, por ser familiares de resistentes o de cualquier ex miembro del partido Baaz u opositor de la política sectaria del régimen pro americano. No son excepcionales su detención y tortura, tanto para humillarlas como para presionar a sus familiares.

     El resultado de la “cruzada” americana ha sido un país fallido y un sistema político corrupto, basta con ver las lista de la Transparencia Internacional de la última década para corroborar el hecho de que Iraq es uno de los países más corruptos del mundo, solamente superado por Somalia. Una ocupación que ha favorecido, con sus prácticas, la radicalización de la zona y, por supuesto, la de Iraq también. Hoy día las voces laicas se sienten huérfanas en un clima radicalizado, y las árabes en general, e iraquíes en especial, son víctimas por excelencia de esta situación.

     Mi memoria está llena de sucesos tristes, de miles de mujeres iraquíes que fueron víctimas a lo largo de estos años (Abeer, chica de 15 años violada y quemada a manos de soldados americanos), de periodistas violadas y asesinadas (Atwar Bahjat, la joven periodista que fue decapitada a manos de milicias radicales), o de médicas que están sufriendo actualmente la brutalidad de los combatientes del Estado Islámico (Maath al-Jatib, Inas Sharar, Suad al-Tai, Ban Abd-al-Aziz, recientemente ejecutada). Además de decenas de miles de mujeres, de todas las creencias del mosaico iraquí, refugiadas en distintas partes del globo, desplazadas a lo largo de los últimos meses por las amenazas o las salvajes prácticas de milicias y grupos radicales, algunos de ellos apoyados por el mismo Gobierno, que sigue sostenido por los EEUU. Mujeres de toda condición que se han visto desarraigadas en campamentos de refugiados, a la intemperie esperando un milagro que las devuelva con sus familias a sus casas.

     Actualmente y según la UNICEF, en Iraq hay más de 3 millones de viudas y 6 millones de menores en situación de orfandad, sin subvenciones de ningún tipo y sin acceso a algún tipo de servicios sociales. Así, la mendicidad, la prostitución, niños y niñas de las calles son las nuevas caras representativas de la pobreza de las mujeres, a la vez que escándalo mayúsculo que todos quieren eludir, o lo que es peor, con las draconianas soluciones de las milicias amparadas por el Gobierno, ejecutando a las prostitutas. Respuesta amparada por la hipocresía de unos partidos políticos que alegan un islam tergiversado para subyugar más a las mujeres. Todo esto se lleva a cabo bajo una censura total por no reconocer que la guerra americana de la democratización forzada de Iraq ha fracasado definitivamente.

     Aunque el horizonte es muy deprimente con la descomposición del Estado en Iraq, aunado a la corrupción y la ausencia de un Gobierno democrático central que garantice los derechos de los ciudadanos, y en concreto los de las mujeres, no obstante aún hay un atisbo de luz al final del túnel, a pesar de todo las iraquíes no han perdido la memoria, siguen luchando, estudiando, trabajando y superándose con miras a recuperar sus derechos, que en gran parte ya fueron conquistados varias décadas atrás. Denunciando injusticias a través de todos los foros y las redes de comunicación, exigiendo derechos plenos de igualdad, paralelamente a las reivindicaciones de libertad, democracia y justicia social lejos de ocupaciones e intervencionismos, de militarismo y milicias, de sistemas teocráticos autoritarios y medievales, que instrumentalizan la religión para someterlas.

     Espero que para el próximo aniversario de la revista Trabajadora, pueda dar otro testimonio donde las aspiraciones de las mujeres sean colmadas en Iraq y en las distintas partes del mundo.

Revista Trabajadora

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